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30 de septiembre, 2026 · Duelo y emociones

El día que menos lo esperas, duele más.

El día que menos lo esperas, duele más.

Estás en el pasillo del supermercado, con la lista en la mano, pensando en cualquier otra cosa. Y de pronto ves la marca de café que tomaba tu papá cada mañana. No lo compraste. No lo ibas a comprar. Pero te quedas ahí, con el carrito a medias, y sientes que el piso se mueve.

Habían pasado meses. Ya habías vuelto al trabajo, ya contestabas los mensajes, ya podías decir "estoy mejor" sin que se te quebrara la voz. Por eso este golpe se siente injusto. Como si hubieras retrocedido.

No retrocediste. Lo que te pasa tiene un nombre muy simple: es duelo, y el duelo no sigue un orden.

Nos enseñan a esperar los días difíciles: el primer cumpleaños sin esa persona, la Navidad, el aniversario de su partida. Llegas a esas fechas preparado, con la familia cerca, con el corazón en guardia. Y muchas veces resulta que aguantas.

Pero un martes cualquiera no avisa. Nadie te prepara para una canción en la radio, para una letra escrita a mano en un sobre viejo, para el olor de un guiso parecido al de su cocina. Son cosas pequeñas, y por eso llegan sin defensa. El recuerdo entra por una rendija que no sabías que estaba abierta.

Le pasa a mucha más gente de la que imaginas, aunque casi nadie lo cuenta. Se guarda en silencio, porque desde afuera parece que ya pasó el tiempo. "Ya deberías estar mejor." Es probable que alguien te lo haya dicho, o que tú mismo te lo digas.

Quizá te sirva escuchar esto: que hoy duela no borra los días en que estuviste bien. Las dos cosas son ciertas. Puedes reír el domingo y quebrarte el martes, y ninguna de las dos te hace menos fuerte, ni menos agradecido, ni menos fiel a quien ya no esta.

Si estás lejos, el golpe a veces pesa más. Cuando no hay una mesa donde sentarse con la familia a nombrar a esa persona, la nostalgia se queda sin dónde ponerla. Ese vacío también es parte de lo que sientes, y también es normal.

Así que si hoy fue uno de esos días, no tienes que explicarlo. No tienes que apurarte a recomponerte. Puedes quedarte un momento en el pasillo. Puedes decir su nombre en voz alta. Puedes escribir qué fue lo que recordaste, aunque parezca una tontería. Casi siempre es lo más importante.

No estás a solas en esto. Ni hoy, ni mañana.

En Eternamente acompañamos a las familias que quieren cuidar lo que no quieren que se apague: la voz, las historias, la forma de ser de quien ya no está.

Este texto es compañía, no un servicio de terapia. Si el dolor se vuelve demasiado pesado, hablar con un profesional puede ayudar. En EE. UU. puedes llamar o escribir al 988 (opción 2 para español).

Infinito y pluma, símbolo de Eternamente

Eternamente — para que su presencia no se apague.

eternamente.us

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